Nuestra historia.
Esta es una página personal para nosotros, muy abierta y honesta. Estas son nuestras historias, y te invitamos a compartir la tuya. Di lo que sientas; solo pedimos que sea respetuoso y sincero. Leemos cada historia antes de publicarla acá.
Joshua
Me dijeron por primera vez que tenía TDAH cuando era chico. En ese momento recomendaron Ritalin, pero mi mamá decidió no darme medicación. En vez de eso, hizo todo lo que pudo por ayudarme de otras maneras.
De niño era puro movimiento. Mi mente no paraba nunca. Me costaba el foco, la atención, las emociones, la impulsividad y varias cosas más. Yo asumía que así era yo, y ya.
Avanza un par de décadas. Cerca de los cuarenta, sentía que la vida se me empezaba a caer a pedazos. Mi mente era un caos constante. Estaba agobiado, frustrado y emocionalmente agotado.
Después de muchas conversaciones con mi esposa, decidimos que fuera a ver a un terapeuta. Al principio pensábamos que necesitaba ayuda para manejar el enojo.
Unas sesiones después, mi terapeuta me hizo una pregunta que me cambió la vida por completo: «¿Alguna vez te evaluaron para TDAH?». Sinceramente pensé que estaba equivocado. Para mí, el TDAH era algo que tenían los niños que no podían quedarse quietos en la escuela. Nunca se me había ocurrido que pudiera explicar aquello con lo que venía luchando toda mi vida.
Volví a casa y se lo conté a mi esposa. Ella se puso a leer enseguida sobre el TDAH en adultos. Yo también empecé a leer. Mientras más aprendía, más encajaba todo. Por primera vez, mi vida tenía sentido.
Me acuerdo de preguntarle a mi esposa si su mente funcionaba como la mía. ¿Tenía pensamientos chocando entre sí todo el tiempo? ¿Cada sonido le jalaba la atención? ¿Las emociones se sentían tan inmediatas e intensas? ¿Su cerebro parecía no detenerse nunca? Me miró y me dijo simplemente: «No». Me quedé helado. Había pasado casi cuatro décadas creyendo que la mente de todo el mundo funcionaba como la mía. Solo pensaba que yo lo llevaba peor que los demás.
Mirando hacia atrás, ojalá hubiera entendido el TDAH mucho antes. No porque esos años se hayan perdido. Para nada. Esos años me dieron una esposa increíble. Casi veinte años de matrimonio. Seis hijos maravillosos. Una maestría. Una carrera que amo de verdad como diseñador de producto. Pero también me pregunto cuánta vergüenza innecesaria cargué por no entender lo que pasaba dentro de mi propia cabeza.
Aprender sobre el TDAH cambió más que mi capacidad de concentrarme. Cambió cómo me veía a mí mismo. Durante años me hice preguntas como: «¿Por qué no puedo hacer esto y ya?». «¿Por qué a todos los demás les resulta tan fácil?». «¿Qué me pasa?». Hoy ya no me hago esas preguntas. En cambio, entiendo que mi cerebro simplemente funciona distinto.
Mi esposa bromea con que tengo antenas de alienígena.
Estoy captando todo el tiempo lo que pasa a mi alrededor: sonidos, cambios en el tono de alguien, gestos de la cara, detallitos que los demás no parecen notar. Mi mente siempre está escaneando. A veces eso agota. A veces me sobrepasa. Pero otras veces se ha vuelto una de mis mayores fortalezas.
Mientras más aprendí sobre el TDAH, dejé de preguntarme «¿qué me pasa?». En cambio, aprendí a entender cómo funciona mi mente y a construir herramientas que me ayudan a trabajar con ella en vez de en su contra.
Muchas de esas herramientas terminaron siendo centered space.
La primera herramienta que construí se llama Soltar. Es una versión digital de la visualización guiada, una de las primeras técnicas que de verdad me ayudó. Me imagino que pongo un pensamiento difícil, una emoción o una preocupación sobre una hoja que flota en un arroyo tranquilo, y simplemente la miro alejarse. No tengo que pelear con el pensamiento ni forzarlo a desaparecer. Puedo reconocerlo, dejar que exista y dejar que pase.
Otra herramienta es Mantra. A veces mi mente necesita algo simple y verdadero a lo que volver. Una frase corta que me recuerda quién quiero ser, qué importa, o qué está pasando en realidad en vez de lo que mi mente ansiosa intenta convencerme de que está pasando. Esas pocas palabras muchas veces me ayudan a bajar el ritmo y recuperar perspectiva.
Y después está Bolas.
Esta es sorprendentemente simple, pero es una de mis favoritas. No hay niveles. No hay puntajes. No hay cronómetro. Solo bolas de colores moviéndose con naturalidad por la pantalla. Puedo empujarlas, verlas chocar y dejar que mi atención siga algo tranquilo y predecible por unos momentos. Le da a mi mente un lugar suave donde descansar cuando todo lo demás se siente ruidoso.
Cada herramienta de centered space tiene una historia así. Ninguna se creó porque pensé que sería una buena app. Existen porque primero me ayudaron a mí.
Eso no significa que todas las herramientas le vayan a servir a todo el mundo. Nuestras mentes son distintas, y lo que a mí me funciona puede que a ti no.
Mi deseo es simplemente que las explores con curiosidad hasta que descubras las que se vuelvan parte de tu propia caja de recursos.
Sharlie
Con seis hijos, en nuestra casa rara vez hay un momento de silencio. Cada niño es distinto, cada personalidad es única, y cada uno vive las emociones, el estrés y el agobio a su manera. Súmale el TDAH a la mezcla y la vida se vuelve un caos hermoso.
Como muchos padres y madres, pasé años tratando de entender mejor cómo funciona nuestro cerebro y buscando herramientas prácticas que de verdad ayuden en la vida real, no solo en la teoría. Herramientas que pudiéramos usar en el auto, antes de la escuela, en medio de una crisis, después de un día difícil, o simplemente cuando alguien necesitaba un momento para respirar y volver a empezar.
Estas guías son una colección de las prácticas que ayudaron a nuestra familia a atravesar el día a día con un poco más de calma, paciencia y comprensión. Ojalá encuentres algunas que también se vuelvan parte de la historia de tu familia.